sábado, 26 de diciembre de 2009
jueves, 24 de diciembre de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
Si llorar es bueno......¿Por qué ya no lloro ni llorar quiero?

La risa y el llanto tienen muchas cosas en común, entre ellas, y la más obvia, es que son contagiosos. La risa genera endorfinas, pequeñas proteínas popularmente llamadas de "la felicidad". Las endorfinas actúan como neurotransmisores aumentando los niveles de células T, refuerzan el sistema inmunológico del organismo.
Algo similar ocurre con el llanto. Llorar nos hace liberar adrenalina, una hormona que segregamos en situaciones de estrés, y noradrenalina, que actúa como neurotransmisor y tiene un efecto contrario al de la adrenalina. Cuando lloramos, eliminamos estas hormonas, lo que produce una sensación de desahogo y tranquilidad. Un ejemplo de esto es que, después de derramar algunas lágrimas, tanto niños como adultos se quedan dormidos.
La mejor válvula de escape
También es la mejor válvula de escape para cualquier emoción intensa y que nos sobrepasa en un momento dado. Cuando rompemos a llorar, las emociones se liberan como si las hubiéramos tenido atrapadas en una olla a presión.
El llanto es parte del aprendizaje y del desarrollo humano, pero conforme nos hacemos adultos prescindimos de las muy saludables lágrimas como "cosa de niños", nos las permitimos en muy pocas ocasiones, y sólo cuando nos es imposible tragárnoslas.
El estrés, la tristeza, el dolor síquico y físico, la alegría, los nervios, la angustia, la emoción, etcétera, etcétera, son sentimientos que podemos traducir en lágrimas. Cuando lo hacemos nos sentimos mucho mejor, pero si ahogamos el llanto sólo logramos aumentar la presión y el desequilibrio interior.
Las lágrimas que no derramamos pueden enfermar el cuerpo y el alma, por eso hay que aprender a llorar de nuevo, algo muy difícil en sociedades en las que hacerlo es algo que se hace muy pocas veces y preferentemente en privado.
Ojos brillantes
Igualmente es cierto que las lágrimas ayudan a limpiar los ojos y evitan que se sequen. Hay dos clases de lágrimas, las reflexivas o irritantes, que son las que nos provocan algunos alimentos y sustancias demasiado fuertes como el polvo, la cebolla, etcétera. Y las que brotan del alma y obedecen a estados de ánimo y sentimientos.
Lo interesante es que unas y otras no tienen la misma composición química. Las lágrimas que tienen un origen emocional contienen gran proporción de un mineral, manganeso, y de la hormona prolactina, cuyos niveles están relacionados con el estado de ánimo del ser humano, el único miembro del reino animal que expresa con risa y llanto sus sentimientos.
Las lágrimas de tipo emocional son muy difíciles de controlar, y aunque no lleguemos a derramarlas, tener los ojos brillantes es algo que nos ocurre prácticamente a todos en determinadas ocasiones.
En el extremo opuesto de expresar raramente con lágrimas nuestras emociones está el hecho de llorar a menudo. Cuando esto ocurre es síntoma de un estado de tristeza y angustia que puede requerir ayuda médica. Incluso los duelos tienen un periodo de recuperación más o menos largo y se llegan a superar, en ocasiones con el apoyo de fármacos y de otras personas.
El llanto como cultura
En algunas sociedades existen las plañideras, cuyo oficio es llorar las penas ajenas y ayudar a provocar una catarsis de dolor que permita expresar la angustia y la tristeza. En otras, derramar lágrimas de forma colectiva es algo socialmente establecido en momentos de crisis y desgracia.
Según Homero, los héroes de la antigua Grecia vertían con frecuencia abundantes lágrimas. En la Europa de la Edad Media, las crónicas cuentan que aguerridos caudillos y hombres de guerra lloraban sin reparo alguno y se lamentaban a grandes gritos.
La costumbre de llorar en público en las sociedades occidentales, en especial en el caso de los hombres, es algo que no se da a menudo y, cuando ocurre, suele ser un llanto silencioso, casi furtivo.
"Llorar no es de hombres" dicen las madres a sus hijos pequeños, pero el llanto de los niños, sean del sexo que sean, es parte integral de su desarrollo. Es una forma de atraer atención a sus necesidades básicas, como la comida, el frío o el sueño, y de expresar sus emociones.
Los niños a los que no se permite llorar acumulan estrés y ponen en peligro su salud. Recuperar el llanto cuando se es adulto es bueno, porque llorar no nos hace más débiles, sino mucho más fuertes. Además, después de una buena lloriqueada se ríe más y mejor.
Cuando amas.....

Cuando piensas en alguien, sin hacerte preguntas y murmuras su nombre mil veces, cuando estas en penumbras, y te quedas despierto al llegar la mañana, puedes ver todo el cielo y el mundo sin abrir las ventanas.
Cuando lloras por alguien, es que estás entregado, te das cuenta que no hay más razones para vivir.
Cuando amas a alguien, se te enciende la vida, y se ordenan las piezas del rompecabezas y ya nunca lo olvidas.
Cuando amas a alguien, cuando quieres en serio, ningún beso es pequeño, cada noche es un siglo, cada día es un sueño, de qué sirve hacer planes, cuando llega esa linda locura, ya no escuchas a nadie. Cuando lloras por alguien, es que estás jugado, te das cuenta de que no hay otras razones para vivir…
Cuando amas a alguien se te enciende la vida, y se ordenan las piezas del rompecabezas y ya nunca lo olvidas…
Cuando amas a alguien, se te enciende la vida y estás tan orgullosa, y no sientes vergüenza de decirle TE QUIERO, cuando amas.
miércoles, 24 de junio de 2009
jueves, 16 de abril de 2009
Leyenda de amor de Cáceres.

Habla la leyenda de una trágica y triste historia de amor, gracias a la cual pudo, ya de manera definitiva, conquistarse Cáceres. Este hecho ocurrió en una noche de San Juan, una de aquellas en que el misterio y la brujería parece respirarse con el aire; en aquellos tiempos en que Cáceres era aún musulmana y su nombre era Al-Qazires, dominio de un musulmán cuyo nombre se desconoce.
El cristianismo aún luchaba por el dominio de la ciudad, algo en absoluto sencillo... El nombrado señor musulmán tenía un hija cuya hermosura, tan triste y melancólica como encantadora, de belleza tal que los juglares apenas podían ofrecer sino una sencilla mención, algunas vagas palabras que apenas se acercaban a la realidad.
Tan arrebatadora era su hermosura, que todo musulmán de la Península y de mucho más lejos, incluso algunos de los más ricos y nobles, habían pedido, en vano, desposarse con ella. Decía la muchacha a su padre que Alá no quería aún que ofreciese su mano. Pero la realidad era que ella había dejado de ser dueña de su corazón, pues lo había entregado a un impuro, a un capitán cristiano. Y, ni que decir tiene, jamás su padre vería con buenos ojos aquella relación; por lo que la joven doncella guardaba en cautiva soledad su secreto.
Pues quiso el azar que un día se cruzasen las miradas de los futuros amantes... y en apenas un segundo, sus corazones comenzaron a latir desbocados... tan solo una mirada... y durante tiempo y tiempo, se encontraban a escondidas, ocultos de ojos ajenos, juntos en la nostalgia de la noche... sintiéndose desamparados cuando habían de partir.
Los días y los meses se sucedieron y las batallas redoblaron su crudeza, dándose día y noche y ambos bandos (moros y cristianos) vivían sólo por y para la guerra. Debido al cargo del capitán y a la vigilancia de la doncella por parte de su padre, los amantes no pudieron verse durante lo que a ellos se antojó una eternidad... Entonces, él pidió que se encontrasen a las afueras de la ciudad, durante la noche... y la bella joven no pudo negarse. Mas quiso la tragedia empañar este, en otras circunstancias, mágico y hermoso momento, pues, apenas dos días después, la ciudad cayó bajo ataque cristiano, destruidas las defensas y muertos gran parte de los habitantes.
En la misma noche del ataque, el señor musulmán (que, para más inri, era brujo) llamó ante su presencia a su hija... y ésta, rompiendo a llorar, por pena, dolor y ante todo, por aquel amor imposible que tanto daño hizo, confesó a su padre que había entregado las llaves de un pasadizo que daban acceso a la ciudad a aquel cristiano a quien antes hubo dado su corazón. Incapaz de perdonar la pérdida de la villa, el moro-brujo tampoco pudo perdonarla a ella... y buscó venganza. Castigó a su propia hija, condenándola a vagar por siempre jamás, recorriendo las calles de Cáceres; ella convertida en una gallina de oro y sus doce sirvientas en polluelos del mismo metal. Cuentan algunos que en ocasiones la han visto, en la noche de San Juan, recuperar su forma humana y corriendo por las calles para alejarse de quienes pudieran verla llorar por su culpa y su dolor. .
Sin embargo, y dejando a un lado la leyenda, hay que decir también la triste y trágica realidad, pues en todo cuento hay un tanto de verdad: el castigo consistió en atar a la doncella a los pilares del aljibe (en la Casa de las Veletas), abandonándola para que agonizase lentamente, ahogada en las aguas que llenaban el lugar. Se dice que aún hoy pueden escucharse en la noche de San Juan los lamentos y gritos agonizantes de una mujer joven, procediendo de las cámaras del aljibe.
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